Críticas de las obras de José Elgarresta

ME HE PASADO LA NAVIDAD LEYENDO A ELGARRESTA 

 

Así es, amigos, me pasé la navidad leyendo al poeta José Elgarresta, y es algo que os recomiendo y en dos fases. Una primera, coger a un autor de gran aliento, de muchas páginas cuando llega la Navidad u otra circunstancia familiar desalentadora y así estaréis como ajenos a todo, enfrascados en vuestro libro y la siguiente leer a quien dicen es el mejor poeta vivo hoy en España.
José Elgarresta es un poeta tan feroz como humano, de esos que saben helar la sangre de quienes lo leen con atención, sus poemas sus como filos de cuchillo y entran a cada uno de una forma distinta.
Sus temas son pocos o yo diría, su tema es único: el hombre. El hombre en su soledad, el hombre débil, poderoso y pobre, que grita desde un lugar tremendo, inhóspito donde no hay nadie, donde no queda nadie. En su obra hay siempre una finísima filosofía que va y viene, salta y sube pero nunca incomoda su lectura, nunca la complica. El hombre de Elgarresta es un hombre de hoy en día, lleva a sus espaldas el peso de nuestro tiempo herido de poca o ninguna cultura y esta solo esperando en un rincón pero lleno de humanidad, con las manos y la conciencia abiertas.
Yo estos días, en esta lectura que he hecho de toda su obra, me he sentido cerca de su pensamiento, como invadido por una fuerza sensible, tímida pero arrebatadora, y lo ponía encima de la mesa cuando era necesario sacar un poema o dejar claro un certero punto de vista.
Sus libros son todos buenos, pero es verdad que yo prefiero los últimos, los englobados en el tomo Solo los dioses nunca duermen, que supera las 500 páginas y ha editado su sello de siempre. En dicho libro nos encontramos al Elgarresta más radical y certero, ese que no busca más que adentrarse en su soledad para llegar a la de todo el mundo. Es un poeta que habla para todos, desde la conciencia de todos, no tiene miedo de hacer cálculos devastadores, está dentro de aquella frase genial que promulgaba Thomas Mann, yo he venido a llamar a las cosas por su nombre.
Navidad ejemplar la mía, he sido feliz nadando en las aguas de un poeta que conoce de mi soledad los mismos árboles que de la suya.

 

 

Marcos Ortiz (entreletras.eu)

Una Extraña Alegría

Qué extraña y gozosa combinación. Un libro escrito en España, nacido de un sueño griego e impreso en Polonia, viene a llamar a mi casa, a removerme, a hacerme reflexionar. Conozco bien el personaje: un romántico poeta-soldado de los primeros años del XX aprovecha las fronteras, los descansos de la lucha para hablar de la extrañeza del vivir, de los hombres -nosotros, ellos- y la muerte que los une. El griego se llamó y se llama Cazzoas, José Elgarresta lo soñó y lo escribió en Madrid, poco a poco, según lo hallaba entre sus papeles, según dialogaba con él. De sus conversaciones transcritas algo tengo leído. Pero ahora aparecen reunidas las anteriores entregas, completo, en lo que es posible, el círculo del hombre que quiso ser hombre a más de poeta. El hombre que, en lección de vida, quiso hacer en ella lo que se desea y se debe como única opción para morir completo. Esa vieja y digna emoción. Ese enigma que aún no ha terminado.

 

UNA EXTRAÑA ALEGRÍA

 

Hoy me ha despertado

una extraña alegría.

Sé que el fin está próximo

pero no me importa.

Quien no tiene una cielo en el corazón

convierte en infierno cuanto toca.

Yo tengo un cielo en el mío,

el cielo de los que no reniegan de sí mismos.

Espero haberte hecho feliz.

Te escribo estas líneas

para que sepas que estoy tranquilo,

que asumo sin reproches

lo que ha de venir.

 

 

Francisco Caro

Diciembre 2022

CAZZOAS. (Edit. Alacena Roja, 2013.) CAZZOAS. LAS FUENTES DE LA LUZ. CUADERNOS DEL FRENTE. (2019) José Elgarresta.

 

Para muchos poetas, su obra es un esfuerzo depurado y a la vez supremo de conocimiento de sí mismos y del mundo que los rodea, así como una indagación en el misterio de existir. Y exactamente así es el poeta que hoy reseñamos. De modo que voy a comenzar, a la luz de tales planteamientos, mis palabras sobre la obra de José Elgarresta, esta trilogía, servida en dos volúmenes separados en el tiempo, y que es una original aventura personal y poética.

 

Es José Elgarresta un hombre delgado, enjuto, sin un gramo de grasa, amable y educado como pocos, empático, amigo fiel desde el primer momento, generoso, inteligente, serio y veraz, esencialista, ético y nada retórico, así como un magnífico poeta, un poeta de verdad. Le preocupa el destino del hombre, su solidez moral e intelectual, su armonía interior y exterior, su paso digno por la existencia, la riqueza imprescindible de su experiencia amorosa, la amistad, la libertad, la compasión y, finalmente, el modo de afrontar la muerte. E igual a él es su poesía: ponedle los mismos adjetivos y tendréis sus claves.

 

Siempre me ha interesado, más que interpretar un libro y reducirlo a una perspectiva única, contemplar cómo se mueve el poeta y progresa al amparo de su obra, saber por qué la hace, ver cómo la construye y cómo ella, a su vez, lo construye a él. Su camino es su lucha, y su lucha es su destino revelado en el tiempo. El destino es lo que sucede, y en poesía es lo que se escribe.

 

No llegó Elgarresta a la lírica para pasar el tiempo. Su obra está hecha de pensamiento, de reflexión, es una limpia especulación espiritual, le interesa más la creación de un hombre capacitado para habitar con dignidad el mundo y hacerle frente a su ineludible tragedia que adornarlo con las metáforas y la musicalidad y las bellezas caedizas que no sean estrictamente necesarias para lo que pretende: el dibujo de ese hombre ideal que tanto ansía y echa de menos en el mundo esquizoide e involutivo actual. Hablemos un poco de ese ser ideal.

 

Eso de que un tal Evángelos Cazzoas, guerrero griego que luchó en la guerra greco-turca y murió en 1919 en la batalla de Sakarya, vino en sueños y le habló al poeta de su vida, de su lucha, y le hizo el regalo de su obra poética es un ingenioso artificio necesario, un inteligente relato, una puesta en escena que centra nuestra atención: puede que Elgarresta oyera voces, cosa que no dudo, pero desde luego no eran las de Cazzoas, sino las suyas propias, aunque puede que él las confundiera. Cazzoas es un maravilloso sueño que Elgarresta ha conseguido soñar a lo largo de una vida de trabajo y de pertinaz ensoñación poética. Es el producto de un estado casi febril de necesidad, de inspiración, a fin de componer y hacer visible el ideal de un hombre armonioso y capacitado para la compasión y la felicidad, para la amistad y el amor, un ser bien armado contra el mamarracho social que se nos viene encima, tema este de fondo que tanto le angustia y que, junto con el del sentido de su vida, alienta y es central bajo el entramado de su obra: no en vano la poesía, como parte de la más íntima y emocionante cultura, como renovadora de ideales y deseos, hace fuerte al espíritu, y una sociedad de individuos fuertes sanaría sin duda el tejido social enfermo. Sabe muy bien Elgarresta que ése es el eje sobre el que se debe actuar: el individuo sólido, relajado dentro de su piel, no deformado por sus apetitos y por la inmediatez de su logro, el hombre íntimamente culto en busca de su armonía en la tranquilidad de un tiempo que le pertenece, lo que es decir de su salud espiritual, de la belleza de su fuerza: sabe muy bien que un tejido enfermo es un conjunto de células enfermas. Y, como el guerrero que es todo buen poeta, ha dado un paso al frente para poner en pie a un ser que agrupe y haga visibles en su personalidad de carne y hueso todas las formas de dación y percepción de la realidad actual y lograr armonizarlas: al fin y al cabo ésa y no otra es la labor del poeta, la particularidad preciosa del lenguaje poético: convocar simultáneamente todos los lenguajes posibles de acceso a la realidad, todas sus armas espirituales, ese es su ser guerrero: así es como se construye el poema, y también un hombre, la redención personal de un hombre. Tras perseguirlo a lo largo de toda una vida valiéndose de abstracciones pero privado de aventura real, ha comprendido que necesitaba crearlo como hombre, hacerlo visible para contemplarlo como personaje vivo, para sopesarlo y autenticarlo, para hablar con él, para observarlo siendo, luchando y amando y, herido, muriendo y aceptando su muerte; para enseñarlo al mundo y decirle: “¿Veis? Ese hombre ideal existe”. Vivir, en fin, en Cazzoas la aventura de Elgarresta para verse a sí mismo en conjunto y sopesar el resultado de su empeño como poeta y como hombre.

Pero, ¿por qué Cazzoas, un guerrero griego? Esta es la cuestión más sutil: Porque el hombre ideal jamás ha existido salvo en el mito o la leyenda; porque siempre hemos sido violentos y avaros y destructivos, seres entrópicos hambrientos de poder y de gloria a la vez que incapaces de generosidad, de grandeza interior; porque sólo hemos sido perfectos en nuestras creaciones literarias o artísticas, pero a través del mito griego hemos logrado, a lo largo de siglos de añoranza y búsqueda en aquel supuesto pasado ejemplar, hacerlo encarnar en nuestras mentes resumido en un ser capacitado para llenar el vacío espiritual occidental y, aunque mermado de mito en este guerrero del siglo XX, con la heredada energía suficiente para fundamentar un hombre actual de espaldas a su culpable melancolía, un hombre consciente de sí mismo, armonioso, digno de felicidad. Nos lo dice Elgarresta con claridad de entrelíneas en uno de sus poemas:

Creo en los hombres

porque es la única forma

de creer en el hombre.

 

Cazzoas es Elgarresta, su necesario alter ego. El primer libro nos dibuja la actividad diaria de un hombre, un guerrero, Cazzoas: nos lo construye pieza a pieza en su totalidad visible. Es un libro dinámico a la vez que sintético, rebosante de acción, de personaje creíble por su realismo como individuo, por su lenguaje griego, por sus poemas en inglés que lo sitúan en un mundo cosmopolita, por sus textos en prosa que le dan volumen y lo tallan desde fuera: pero a quien estamos viendo es al guerrero Elgarresta preocupado por su patria a la vez que por su integridad y su destino, así como por los de los demás hombres. Son unos versos llenos de felicidad compositiva donde Elgarresta rompe con su intelectualismo, con su pensamiento de aventura, con su devoción trapense a la belleza de la verdad, y pasa a la acción como protagonista real, héroe que acabará, y él lo sabe, como todos los buenos poetas, bellamente vencido.

 

El segundo y tercer libros nos ponen al descubierto la inteligente y original labor de montaje cuasi cinematográfico de Elgarresta, quien, una vez diseñado el personaje físico y su acción a la medida de su ideal, pone a pensar a Elgarresta a través de un Cazzoas herido y hospitalizado que medita acerca de sí mismo, como si éste le transfundiera su sangre: las mismas preguntas que él se hizo siempre las pone en boca de Cazzoas, pero ahora con las peculiaridades y la ganancia de realidad asociadas a su epifanía como personaje y, además, como griego. Y el resultado de tan inspirada reconstrucción personal es un puro y emocionante conocerse a sí mismo.

 

No es baladí esta culminación de la trilogía, a la que el tercer libro añade un plus de credibilidad al poner en relieve la crueldad y violencia que conforman al hombre y lo hacen a la vez verdugo y víctima, pero estamos ya en el pensamiento de Elgarresta-Cazzoas, que son una sola voz. Y no es baladí porque teje sutilmente un puente tan robusto como invisible entre ambos personajes, un puente necesario entre pensamiento y acción en el conjunto y el empeño de su obra, el uno creándola, escenificándola el otro; ambos sobreviviendo en un mundo con demasiadas variables trágicas en el que parece un milagro el hecho de seguir en pie siendo uno mismo sin deformarse.

 

Obra esta, en fin, gozosa, de armazón muy sólida, y más que oportuna en el delicuescente panorama literario actual y, sobre todo, supongo, en el espíritu, tenazmente empeñado en su objetivo vital, de José Elgarresta, a quien sin duda logrará compensar de tanto trabajo y tan empeñados afanes. No se hacen ya obras así, tan alambicadas, tan atrevidas, tan complejas, tan generosas, tan costosas. Démosle, pues, la bienvenida.

 

Aunque los tres libros van precedidos de otros tantos excelentes prólogos de Victoria Díaz Corralejo que analizan pormenorizadamente y en profundidad los poemas, no me he podido sustraer a reproducir uno que lleva por título “Una palabra”, y dice así:

Una sola palabra / de un idioma desconocido, / eso es la vida. / En cada gota de sangre / habita un dios pequeño. / Espera hasta el último momento / para llamarnos; nos dice: / ya sois labio, ya sois viento. / Entonces, de pronto, / sabemos.

Así mismo, al leerlo, sabemos nosotros qué excelente poeta es Evángelos José Elgarresta.

Y, para terminar, he tratado de hacer un retrato-robot, o semblanza, aunque más bien es un autorretrato de José Elgarresta, una especie de trailer, puesto que he utilizado para ello sólo versos entresacados de esta trilogía. Y lo que en principio era un homenaje al amigo, se ha transformado en la constatación de que nadie puede ser más claro en la profundización de una obra que el poeta que la compuso, ni nadie puede hablar con mejores razones de un poeta que su propia obra. Es éste:

SEMBLANZA DE EVÁNGELOS JOSÉ ELGARRESTA, GUERRERO Y POETA, COMPUESTA CON SUS PROPIAS PALABRAS

 

 

Canta el pájaro

al amanecer,

cuando más puro

es su canto.

Descorro las cortinas

y el mundo se precipita

en avalancha, sobre mí.

¡Es la creación!

 

 

Soy viento: vine para partir

y me quedé para siempre.

 

 

Sé que el mundo

está en mí,

la eternidad

es este momento.

 

 

Toda caída es un recuerdo

de que debo levantarme.

 

 

Creo en los hombres

porque es la única forma

de creer en un hombre.

Siempre quise a todos los hombres.

Los amé

incluso en la mira del rifle

antes de dispararles.

Hemos jugado a la guerra,

pero ¿a qué guerra?

No sé si existe Dios, pero ¡Ay si le cojo!

 

 

El círculo de ojos ardientes

en torno de la hoguera

es el único fuego

que jamás se apagará.

 

 

Tengo frío: no es hora de filosofar.

 

 

La muerte es un instante de plenitud,

un sueño más profundo…

La vida es un baile sin pareja:

la mía es la muerte.

 

 

Amada, una mirada de tus ojos

es la moneda con que pagaré

al barquero.

 

 

RAFAEL TALAVERA

Solo los dioses nunca duermen

Solo los dioses nunca duermen (Vitruvio, 2015) reúne hasta la fecha la obra poética de José Elgarresta escrita desde 2004, año de publicación de Derecho de asilo, así como los libros El sacerdote Invierno (2009), Escritos de la zona oscura (2011), premiado por la Asociación de Editores de Poesía ese mismo año, El mar es un corazón salvaje (2014), Instantáneas de un rostro infinito (2012) Lo que no somos (2006) y dos libros inéditos titulados El universo comienza en martes y Poemas a Lucía. En el año 2000 ediciones Vitruvio publicaba otro volumen que reunía la producción de Elgarresta desde sus inicios en 1975, recogiendo entre otros libros La peligrosa ternura (1987), Fugas (1990), El rey (1991) o Tierra de nadie (1995). Esta relación de títulos y fechas, que está lejos de ser exhaustiva y completa, y que excluye la producción narrativa de Elgarresta, indica el compromiso del poeta con la escritura, describe una vida que sería difícilmente explicable sin la poesía. Si algo se hace visible en la biografía poética de Elgarresta (Madrid, 1945) es que ha sabido ver cómo pasan modas y modelos estéticos, ismos y poesías de…, no sólo afirmando su individualidad creadora y la autonomía de su voz poética, sino acaso, contemplando un tanto escéptica e irónicamente, que casi nada de lo encumbrado hoy perdurará pasado mañana. Solo los dioses nunca duermen es por tanto una estancia más en un aquilatado proyecto poético que aún sigue en marcha.


Mientras el pacto de vida con la escritura va dejando libro a libro una larga obra, su poesía no puede tener otro horizonte que el propio acto de estar y ser, el asombro y la extrañeza de un conciencia poética que se sabe arraigada en la vida. La posibilidad de leer la obra de Elgarresta en una secuencia como la que presenta Solo los dioses nunca duermen nos permite adivinar la intensidad de los itinerarios de un yo poético y sus intemperies. Ese yo poético no es sino el nombre de la fragilidad que nos constituye, de sus incertidumbres, deseos, umbrales y penumbras tan humanos –tan demasiado humanos, diría el filósofo- que su hechura, su horma no puede ser otra que la del poema, estos poemas. A lo largo de esos recorridos hay una voluntad de conocer, pero también una inquietud por reconocerse, por hallar en algo-otro la medida de lo que somos. El sentido de un título como Derecho de asilo, nos habla tanto de la intemperie del yo como del reconocimiento en la alteridad, de esa incesante búsqueda de la propia medida. El tiempo, Dios, los demás, cuanto nos rodea, o el conocimiento serían los lugares en que se acaba sabiendo que toda plenitud es imposible o no nos es dada todavía, o nos deja solamente el límite de su promesa: “Cuando me dices ‘te quiero’,/ ¿Quién es ese yo al que tu quieres?/ Cuando te digo ‘te quiero’,/ ¿Quién es ese tú al que yo quiero? Y cuando pensamos quiénes somos, ¿quiénes o qué somos en realidad?” Sin embargo es necesario un asilo en la verdad del otro. Algunos de los referentes explícitos que podemos encontrar nos hablan también del anhelo de plenitud y de los límites: Wittgenstein, Eliot, Galileo, Rilke, Li-Po, Pessoa. Hemos de manejar cautamente estos “referentes” pues en los poemas de Elgarresta aparecen con la huella de su significado intelectual pero hábilmente des-solemnizados ya que su grandeza sólo es veraz en la medida en que aún pueden decir algo a nuestra frágil condición. Lo que dicen es que hay límites en el conocimiento y que cada poema es una plenitud momentánea. Esta es acaso la tensión en que se decide el por qué de la poesía de José Elgarresta, un poema como “Mendigos de realidad” nos pone en la pista de cuanto nos falta para completarnos y de los pocos “mendrugos de verdad” que podemos recoger.


El hombre y su quebradiza verdad que se van dibujando y “confesando” en estos libros no puede hablar desde otro lugar que lo cotidiano, o esa parte de lo cotidiano que desdobla la extrañeza de lo real. Por eso el mendigo, un transeúnte, una cajera de supermercado, en definitiva, un anónimo de sí que se busca en el anonimato general y por eso afirma: “Después de toda la vida/ escribiendo sobre mí mismo/ me di cuenta de que estaba llegando a lo de todos/ y de que no tenía ni idea de qué era eso”. Es quizá la postura ética del poeta, la única libre de trampas y de estereotipos vacíos, porque el poeta no puede salvarse –como en algún lugar recuerda María Zambrano- si con él no se salvan la totalidad de los seres. Del mismo modo, no hay verdad ni consuelo, si no es de algún modo compartida, si no nos concierne solamente a nosotros sino a lo que nos acompaña. No quiere decir esto que Elgarresta nos invite a una redención colectiva, sino más bien, que la pequeña verdad que sostienen sus poemas no puede estar sólo en el yo, ha de estar al mismo tiempo en las cosas, en los otros. Tal vez la evocación de un encuentro que debería perdurar y sobre el que se desliza la duda de si acaso será recordado, como sucede en el poema “El acto”, pueda ilustrar esta idea de que la verdad o la plenitud sólo es posible en compañía. Pero al mismo tiempo conoce bien Elgarresta los peligros de esta especie de comunión, tanto en lo que puede tener de entrega suicida, de profetismo, de alucinada rebelión metafísica. De ello se defiende y nos defiende con una sonrisa escéptica, una mirada irónica que no es menos ética que su fidelidad a lo que acontece. Muy necesaria para guarecerse de las inclemencias de lo que nos rodea, de ese infierno –que según Sartre- a veces son los demás. A propósito de la sonrisa escéptica no podemos dejar de mencionar un gran e inquietante poema como “Accidente en Buenos Aires”. La ironía poética de Elgarresta es ética porque reinscribe a las cosas, al mundo y a los demás en una cotidianidad de la que no pueden escapar sin falsificarse, es ética porque aunque deslice su descripción punzante, ni tacha ni juzga: “Un día comenzamos a vivir como no queremos/ y nos decimos: es provisional, pero no acaba nunca”. El poeta no juzga, porque su nobleza reside en amar las cosas, la luz que emiten incluso a través de los resquicios de su degradación. No puede sino aceptar el flujo absurdo de la vida y las erosiones del tiempo, sin esgrimir las correcciones de nostalgia ni trascendencias convencionales. En buena medida muchos de los poemas aquí recogidos pueden leerse como la contemplación de las huellas de esa erosión. Ante el tiempo y otras inmensidades el poeta eleva sin arrogancia su signo de interrogación, su dolor –que es el de todos- y se defiende con razonable pesimismo cuando esas infinitudes nada dicen pero todo lo disuelven. Esa temporalidad que nos va arrinconando en nuestro propio trastero es la zona oscura que sólo puede ser iluminada con “La melodía que se apaga/ y de pronto crepita/ y se confunde con la luz/ y la luz con las sombras/ que danzan y se transforman/ en los seres que amamos/ y con ellos volvemos a ser música. Eso es Dios”.


Es Elgarresta un poeta que declina el artificio pero es capaz de poderosas imágenes, bien sea en largas composiciones o en las claves de lo aforístico, su palabra pronto se deja interiorizar por el lector, y a través de estructuras narrativas, meditaciones y destellos poéticos son ya palabras de las que no nos podemos desprender. El lector que se acerque a Solo los dioses nunca duermen comprenderá pronto el sentido de unidad de la poesía de Elgarresta, la persistencia de sus temas que no es otra que la persistencia de aquel que vive queriendo comprender y amar cercado por los límites de nuestra temporalidad y nuestra duda. Aún así, quisiéramos sólo señalar un título de los aquí presentados, El mar es un corazón salvaje. Un libro donde el pensamiento de Elgarresta, sin desequilibrar por ello su fuerza poética, va dejando una serie notable de reflexiones de orden filosófico o sobre la escritura, el papel del escritor, su sentido o su falta de él. Pero es también un libro donde el amor aparece con un poder salvífico y, al fin, pleno. 

"Una sola voz, una mirada implacable que hace de la realidad su fantasía, un verbo sugerente, desprovisto de adjetivaciones fáciles"

El mar es un corazón salvaje no me parece mal acceso a la obra de este poeta, si no se conoce. Junto a otros libros, como los recogidos en Solo los dioses nunca duermen no es sino un motivo más para celebrar una poesía tan cierta y certera como la de José Elgarresta.


José Berrocal
(reseña publicada el 26 de Abril de 2016 )

Verso Blanco

José Elgarresta me honra con su amistad desde las postrimerías de 1.978, un año intenso y jubiloso que degustamos juntos con la euforia de entusiastas primerizos que buscan en la Literatura con mayúsculas su imposible redención. Ya entonces, a este escritor incontinente, asténico y jovial, de verbo afilado y lúcida mirada, no le interesaba la realidad sino la verdad, algo notable en un joven que utilizaba su don poético como un escalpelo inmisericorde al servicio de cuanto merece ser contado: Pepe siempre fue tipo de no andarse por las ramas, y menos a la hora de dar testimonio en un poema. Muchos escribió don José en aquellos primeros ochenta, y todos con su voz inconfundible. Años de intensa creación en que la bida – que no es otra cosa que la vida bien bebida – trascurría con la prisa justa, la amistad se escribía con mayúsculas y los libros llegaban por sus pasos, sin atropellar pero sin pausa.

Escritor de una pieza, conviene dejar dicho cuanto antes que José Elgarresta cultiva también con acierto el relato y el ensayo, y que sus textos, brillantes y ceñidos, ofrecen su peculiar mirada de este mundo nuestro canalla y sin arreglo. Mirada, siempre y ante todo, de poeta inmanejable pues esa es su condición esencial. Poeta, también, infatigable, de producción ancha y rigurosa: tuve el privilegio de presentar en Madrid, en el verano de 2.009, su libro El sacerdote invierno, y reincidí encantado en 2.012 acompañándole en el Ateneo de Málaga conEscritos de la zona oscura, dos libros singulares a los que siguió en 2.014 El mar es un corazón salvaje.
“Todo hombre inteligente es un inadaptado / todo poeta un ser perplejo / y en definitiva una interrogación / que no merece respuesta”. Esta severa y lúcida sentencia tiene el copyright de nuestro poeta, y fue acompañada con fecha, 

"Elgarresta es un filósofo de alto rendimiento, un poetazo en constante progresión, un irónico tierno, un gran tipo"

firma y un abrazo en el ejemplar que me dedicó en su día de Escritos de la zona oscura, pues don José escribe poesía hasta con el cepillo de dientes y con el más mínimo motivo: un atardecer en cualquier escapada con su esposa Victoria, un atasco a la hora de entrar en sus madriles, o el penúltimo desmán de algún majadero con mando y sin escrúpulos.

Para un conocimiento completo y riguroso de su obra, busquen la segunda edición del imponente volumen Poesía, también publicado por Vitruvio en su colección Baños del Carmen, que recoge su mejor producción entre 1.975 y 2.000. Encontrarán una sola voz, una mirada implacable que hace de la realidad su fantasía, un verbo sugerente, desprovisto de adjetivaciones fáciles, imágenes inanes, y esos artificios en alejandrinos que prodigan muchos poetas al uso que no son, pero están. En José Elgarresta todo es verdad, y desde su verdad nos habla y tironea de las orejas, como maestro avezado que, estando de vuelta, se levanta todas las mañanas para empezar un nuevo viaje.
Decía el inefable Randall Jarrell: “Un buen poeta es alguien que, pasando una vida entera en el exterior expuesto a todas las tormentas, consigue hacerse fulminar cuatro o cinco veces por el rayo”. Ignoro cuántos han descargado sobre la noble testa de Pepe, pero todos han dejado huella pues él es poeta de intemperie, periférico que intenta atrapar entre sus versos el pez escurridizo de la vida. Y de bida hablan sus libros: la vida en todas sus míseras, rotundas, luminosas y fingidoras manifestaciones, como bien nos cuenta enLa vida fugitiva:

Me vuelvo a una cabeza de ciervo que cuelga de la pared
Está muerto, pero nunca supo que estaba vivo.
A mí, que siempre supe que estaba vivo,
¿de qué me sirvió este conocimiento?

 

Reflexión inquietante que golpea en el hondón del lector, invitándole a leer los poemas que aún le esperan, cada uno con su particular mazazo filosófico – después de todo, nos pregunta en el final del poema Meditando en el sillón, ¿no estamos aquí para concebir lo inconcebible? – y su militante ironía, cuando en Proyecto de poeta nos dice Dejó los libros y montó un restaurante. Con los años se llegó a convencer / de que eso era verdaderamente lo suyo / y tal vez lo era.

La poesía de Elgarresta nace en la zona más luminosa de su autor, allí donde reside su vocación de filósofo y ensayista, dos rasgos esenciales para comprender mejor el calado existencial y reflexivo de su obra. Un soplo de bien llevada rebeldía agita las páginas de sus libros, que deja al lector exhausto y con esa saludable inquietud que atenaza al que, teniendo cuentas pendientes por saldar, se aturulla con lo inmediato como coartada para no enfrentarse a sus fantasmas. Y esa es la primordial función de la poesía: desvelar la realidad para desvelarnos, en su doble acepción: desvelar, descubrir, poner de manifiesto, y también: quitar, impedir el sueño, no dejar dormir. Y José Elgarresta nos desvela y nos desvela con poemas que son, entre otras muchas cosas, tratado de filosofía y manual para supervivientes.
Vivimos una época de cambio, llena de incertidumbres y muy necesitada de soluciones presididas por la solidaridad y la ética, dos valores que con frecuencia se invocan para legitimar desmanes, y que pocas veces orientan nuestro comportamiento. La poesía de José Elgarresta es estrictamente trascendental. Poemas como Misantropía donde afirmanecesito que me quieran tanto como el que más / tanto como el que más quiero al que necesita que le quieran, o en el titulado Sembrado en el rodal del tiempo cuando dice queel hombre se agosta esperando la eternidad, tienen el tono reflexivo de los mensajes que bien empaquetados, llegan a nuestra mesilla de noche y se quedan para siempre: Oh, marinero, tensa la vela, / en el mar todo es puerto, nos dice en los dos versos finales deCanción, el más bello abrazo de despedida que puede regalar un poeta.

El talento, en cualquiera de sus manifestaciones, es ante todo un insulto a la mediocridad. La grandeza moral resulta irritante para quienes carecen de ella, y necesitan rebajarlo todo a su percepción miserable en un acto de ilegítima defensa ante el esplendor ajeno. No puedo ser objetivo cuando hablo de Pepe Elgarresta, ni tampoco lo pretendo. Así que me limitaré a concluir afirmando que es un filósofo de alto rendimiento, un poetazo en constante progresión, un irónico tierno, un gran tipo en suma de los que no quedan.
Y que como dicen las novias arrebatadas a sus amigas al salir del cole : ¡yo le vi primero!
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(*)Rafael Soler es poeta y miembro
del Consejo Literario de Verso Blanco.

Mientras la luz

José Elgarresta es poeta de vocación cumplida. Vitruviano de raíz y modos, ha editado en la digital Alacena Roja un libro sorprendente, tanto por la concepción como por su realidad final. Se titula Cazzoas. Nombre que va más allá del titulo. Se pretende en él revivir el retrato y el mundo de un poeta apócrifo griego a caballo del XIX y el XX, Evangelos Cazzoulas. Mas conocido por Cazzoas, participó, según se describe, en la guerra grecoturca conducido por ideales panhelénicos. Su idealismo le había llevado a rechazar la situación acomodada de una familia burguesa, abriendo así su vida a la intranquilidad de lo inasible. José Elgarresta ha levantado con Cazzoas un trasunto que le aguijonea. Un alter ego donde buscar y hallar. El libro incorpora además de un buen puñado de los poemas de Cazzoas, cartas, documentos, declaraciones, episodios, incluso un esbozo de biografía. Material no agotado que espera continuidad. Todo posee el valor del reto. Y de la introspección. La poesía, la escritura, de José Elgarresta ha conocido larga producción. Profundamente humana, entiende el vivir como una constante interrogación, como emoción insatisfecha.   

 

Premonición

 

El pájaro vuela,

el hombre vuela también

¿o es viento?

Echado en el bosque

rememoro las penalidades pasadas

mientras veo pasar el cielo

sobre mi cabeza.

¿Estoy haciendo lo correcto?

Pero ¿qué me importa

hacer lo correcto?

¿Y qué es “lo correcto” para mí?

A veces pienso que soy un estúpido.

Poco tiempo conservan las nubes su forma.

¿Y mis ideas?

¿Merecerán esta vida mía

que estoy dando por ellas?

Solo sé que algo germina dentro de mí,

es un árbol grande

y un día

cuando haya sucedido

todo lo que tiene que suceder,

alguien mirará el bosque

y dirá “ese árbol

canta distinto al resto”.

Alzo los ojos,

¿me he quedado dormido?

Últimamente me resulta difícil

distinguir la realidad del sueño.

Claro, si no fuera así

¿podría ser tan tonto

de actuar como siento?

 

Reseña publicada en el  "Mientras la luz"  de Francisco Caro

Acantilados de papel

José Elgarresta

Cazzoas

Alacena Roja, 2013

 

Es Cazzoas uno de esos libros integrales y corales, profundamente artísticos, complicados de clasificar por su variedad y polifonía. Todo un volumen sumergido en el misterio que brota incluso de su autoría. No se tiene la certeza de dónde comienza la realidad de esa persona llamada Cazzoas (o Cazzoulas) que, supuestamente, se apareció en sueños a José Elgarresta (famoso escritor y crítico literario). José más bien parece ejercer de compilador o investigador de los testimonios de su propio personaje, entrando en un juego de sombras y recuerdos con aromas de Cervantes, Pirandello o Unamuno.

 

Dichos testimonios se presentan en diferentes géneros que incluyen desde fotografías de época a poemas supuestamente escritos por el propio Cazzoas, un intelectual de buena cuna, rígida educación, elevadas aspiraciones tanto existenciales como emocionales y una férrea determinación por convertir a Grecia en un país libre y de referencia cultural en todo el globo.

 

El marco histórico que sirve de excusa es la Guerra del Asia Menor (denominación bajo la que se encuadran distintos enfrentamientos bélicos entre el reino de Grecia y rebeldes otomanos, tras la Guerra Mundial, durante los años 1919-22). No obstante, en las primeras páginas se nos indica que el protagonista murió durante una de aquellas batallas y que compartió filas con Lord Byron (cosa imposible ya que el poeta inglés llevaba muerto un siglo, luchando también por la independencia griega y los valores de una libertad ciertamente peculiar y profundamente elitista en cuanto a la superioridad del intelectual). Es sólo uno de los muchos juegos y alegoría cruzadas de este entretenido, aunque exigente, ejercicio poético.

 

Porque Cazzoas no es poemario ni novela y sí lo es, en cierto sentido. Supone un tira y afloja, todo y nada, un Todynada al que su autor hace varias veces referencia y que también representa la dirección de la bitácora digital germen del libro y su protagonista, a quien los lectores deberán reconstruir también mediante apuntes de diarios, cartas personales, descripciones de compañeros y reflexiones no se sabe si del personaje o del propio autor, en un caleidoscópico juego narratológico al que también se suman las traducciones de los versos a lengua inglesa, en una suerte de gran mural bilingüe.

 

No se debe pasar por alto la profunda variedad existencial del libro. Cualquier detalle en sus páginas está impregnado de un intenso lirismo muy propio de José Elgarresta que implica emotividad unida al juego de ingenio, así como una musicalidad y resplandor implícito en todo lo existente. Las palabras parecen destilar los aromas especiados de países lejanos, de sus flores (y la lectura simbólica de las mismas), de tiempos que (parafraseando a Dickens) fueron mucho peores pero también mejores, ya que estaban cargados de una esperanza llena de prosperidad, cultura y libertad que ahora, en este mundo moderno sucio y gris, excesivamente rápido y finito, se antoja imposible.

 

Ese anhelo melancólico discurre como un manantial subterráneo representa el sueño compartido de autor y personaje, viviendo sus propias guerras e invitando a plantearnos cuál de todas supone mayor peligro: las externas contra filo e incultura, o las internas entre el hombre y su creador (Dios, Autor, Personaje) por el control de su destino.

 

En el plano físico el volumen está bien editado, papel amable al tacto, sin erratas, ilustrado, amplios márgenes y letra generosa agradecida a la vista. Cuenta con un prólogo muy completo a cargo de Victoria Díaz Corralejo. El diseño de la cubierta corre a cuenta de Luisa Navarrete. Debo añadir que todo el conjunto produce cierto aire de diario antiguo o libreta de apuntes, que aporta aún más si cabe a la experiencia de lectura.

 

En resumen, una obra total con lecturas muy variadas y a distintos niveles pero, aún así, muy accesible. Agradece repetidas visitas, en las que encontraremos nuevas referencias, emotivas escenas, interesantes reflexiones. Una pequeña joya en la que perderse pero que no debe perderse. Nos enseña, entre otras cosas, que «El arte de vivir consiste en no pedir a la vida más de lo que puede dar». ¿O sí?

 

Fernando López Guisado.

El libro que viene (Crítica de poesía)

Escritos de la zona oscura de José Elgarresta

Conozco a José Elgarresta desde hace treinta y cuatro años y conozco  la poesía de José Elgarresta desde hace, ya, esos mismos treinta y cuatro años. Uno y otra se parecen, como dos botellines de cerveza de la misma marca o dos huevos de avestruz en una cesta; se comprenden, como padre con sus hijas de paseo por el paseo de Recoletos en día de domingo o el sicoanalizado y el sicoanalista en los cuarenta y cinco minutos de desovillar la lana de angora de la madeja de los sueños, y yo creo que este tipo, este Pepe Elgarresta de apariencia seria, tímido, ensimismado, “hombre bueno”, según él gusta de llamarse; y con aire de andar por libre y a sus cosas, escribe unos poemas serios, por carácter, y con un punto de filosofía estoica que le lleva, pese a descreer del mundo, a arrimar su figura a las paredes del palacete de un dios también estoico; escribe sus poemas, digo, sin preocuparse en exceso por los guiños literarios a otros autores ni por hacer Literatura; un tanto libres a la hora de seguir el canon del momento, que yo no sé quién decide ni cómo se aplica, y es que José Elgarresta Ramírez de Haro, que es niño de familia bien, aunque no quiera; educado en colegio religioso de pago y licenciado en Empresariales y en Derecho, ex funcionario técnico de la Hacienda, no es un escritor à la page, porque tiene vocación ácrata de llevar la contraria al clima del hemisferio donde vive, zambullirse en la piscina de casa en pleno mes de diciembre.

 

Este tipo, un señor por lo general callado, retraído, que no se prodiga en alharacas, y que escribe libros de poesía, cuentos para niños y para adultos, artículos de crítica literaria en revistas y unas inclasificables “memorias” hasta ahora aparecidas en dos tomitos disimuladas de otra cosa que memorias, que él ha dado en llamar Cutrelandia, y que son un ajuste de cuentas con todos nosotros, sus coetáneos, y un desahogo venial sin excesiva mala leche, confiesa que “la poesía es (para el poeta) el arte de hacer pasar el universo a través de él mismo” o “el arte de bailar sobre el abismo sin perder la sonrisa”.

 

Yo sospecho que escribir es un acto connatural, cotidiano para con él; parte de un proyecto de vida, que no debe confundirse con la bohemia y el dolce far niente, a las que alguna vez se sintió Elgarresta, sí, abocado, con tanto horror, que se volvió monje y encerró en el dormitorio para enterrarse en el edredón de plumas de la cama.

 

Su literatura, un tanto escéptica, tiene mucho de diario en cuadernos forrados con papel de hule, que es donde comenzamos a escribir los niños de la posguerra, manchando los renglones con la grasa del bocata; desde luego, de confesión, y yo creo que se sitúa en línea de verdad con la filosofía, aunque huya de mayores formulaciones para quedarse en lo doméstico.

 

Me atrevo a decir que lo epidérmico, aun a riesgo de rondar lo superficial y la boutade, es uno de sus componentes más activos y atractivos, aunque el poeta ya advertía en 1977 en “El bromista”, el primer poema de su primer libro, Monólogos: “Si me creen superficial/ piensen en lo que hacen/todos los días”.

 

No quiero caer en las etiquetas facilonas ni en los símiles de dudosa preceptiva literaria con miras históricas, pero su literatura es, para entendernos, más “conceptual” que “culterana”; a medias, descriptiva y narrativa; y, decididamente, puesta a contar mejor que cantar, y es que Pepe no participa de esa idea, no sólo mía, pues lo es también de buena parte de la lírica del Renacimiento y desde luego de los simbolistas, de que un poema es una canción y ha de ser cantado, sino que como don Miguel de Unamuno, por ejemplo, por buen ejemplo; cifra el mérito del verso en un valor emocional, esto es, en la capacidad de ser leído, mejor que escuchado. Así, ese jugar a las parábolas, a la fábula, con su innegable carga de lección moral; los monólogos, los salmos, las escenas, nos lleva a un desasosegante preguntar por la realidad “real” y cuestionarlo todo como punto de partida, más individual que social, en que el arte renuncia a su puesta en escena para favorecer de primera mano cuanto es fruto de un sincerarse imprevisible que en ocasiones resultas incluso kitsch, como en el poema “Un funeral” de Escritos de la zona oscura, el libro que aquí nos ocupa: “Nos reunimos a la puerta de la iglesia/ y nos contamos historias de putas/sin la menor falta de respeto”, o el que sigue a éste en el orden del libro, “La nueva fiesta”: “Nos gustaban las mujeres./ La primera fue una puta,/ ¡qué alivio cuando me dijo/ que había cumplido bien!”. No en vano, Miguel Galanes hablaba en la introducción a la Poesía de Pepe de “ese hombre de la calle que se encierra, se pregunta para, en realidad, preguntarle al hombre mismo…”.

Escritos de la zona oscura continúa la fabulación del mundo de José Elgarresta en línea con los anteriores libros, todos, excepto los tres últimos, contenidos en Poesía (1975-2000), que ahora reedita Pablo Méndez en Vitruvio, con indudable acierto.

 

Es un libro por acumulación, y su unidad no nos resulta otra que la obligada por esa única voz confesional de sus cincuenta y siete poemas, donde casi siempre el “yo” es el vehículo a través del cual se aborda o, en su defecto, se concluye cada texto como un sencillo epifonema: “A mí, que siempre supe que estaba vivo/ ¿de qué me sirvió este conocimiento?”, nos dice en “La vida fugitiva”, el poema liminar del libro, y donde la variedad de sus registros marca a su vez estados de ánimo, pero siempre dentro de semejante culpabilidad, como cuando el poeta escribe en “Un niño me llama”: “Las estrellas me hacen guiños/ y un niño me llama,/ un niño castigado por querer ser feliz”, la misma presencia obsesiva de la muerte, como cuando el poeta escribe en “Sombras”: “Cuando miro mi muerte/ veo un solo foco,/ en busca del libro/ que contiene las instrucciones del viaje”, las mismas imágenes recurrentes de “jardín desierto”, “noche solitaria”, “acecho de la eternidad”, “estaciones vacías”, “llanura limitada por un abismo”, o confesión de “misantropía”, que tanto guardan de la querencia romántica hacia nuestra literatura del XIX: la exaltación de los sentimientos se constituye en el eje de todo el discurso poético; el paisaje se muestra, se exhibe y se maneja como fruto de un estado emocional.

 

Aquellos aparentes desdén y desapego rastreables desde sus libros anteriores están también aquí, en sus palabras, y, en el fondo, José Elgarresta en Escritos de la zona oscura sigue siendo aquel Francisco de Quevedo y Villegas: cojitranco, giboso, con ojos cansados bajo las lentes de sus muchas dioptrías, que se siente un hombre más bien feo en esta vida bella; pero poeta, el poeta José Elgarresta, que, a los sesenta y cinco años, ya lo ven, escribe libros de poesía.

 

Manuel Lacarta

Entrevistas: José Elgarresta

La cultura está desapareciendo. Si no se hace algo para fomentar la capacidad crítica del lector, será enterrada por el bestseller entre grandes aplausos.

¿Qué es para ustedla poesía?
— Un grito en la oscuridad.

 

— ¿Algún acontecimiento fue determinante para tu vocación poética?
— Sí, mi nacimiento.

 

— ¿Cuáles son sus poetas preferidos?
— Omar Khayyam, T. S. Eliot, Rilke, Pessoa…

 

— ¿Cómo definiría su obra?
— Un intento de reconstrucción interior. La búsqueda de las piezas que faltan en el rompecabezas que soy yo.

 

— ¿Poesía existencial, por tanto?
— ¿Es que puede haber otra clase de poesía?

 

— También la poesía amorosa es importante en su obra… ¿No es así?
— ¿Acaso no es el amor una forma de existir más allá del tiempo?

 

— Limitándonos al presente ¿cómo ve la situación de la poesía?
— Muy bien. La cultura está desapareciendo. Si no se hace algo para fomentar la capacidad crítica del lector, será enterrada por el bestseller entre grandes aplausos. Pero los creadores dejaremos un bello recuerdo. ¿Se puede aspirar a más?

 

— Entonces, ¿qué piensa del "gratis total" de los productos culturales en la web?
— Lo único "gratis total" es la incultura para el lector y el hambre para el creador y no me gusta ninguna de las dos cosas.

 

— Sabemos que le interesa la ciencia. ¿Acaso piensa que nos encontramos ante el fin de la filosofía… y de la poesía?
— De ninguna manera, pero tal vez sí ante el fin del hombre, al menos tal como lo hemos concebido hasta ahora.


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